La auralidad consensuada. Paisaje sonoro y redes sociales

Xoán-Xil López1

[Este texto se presentó en el Encuentro Iberoamericano de Paisaje Sonoro. Madrid, 12-15 de Junio del 2007. Los textos han sido publicados por el Instituto Crevantes. También hay una versión en Gallego en Escoitar.org]

Hay que aprender a juzgar a una sociedad por sus ruidos, por su arte y por sus fiestas más que por sus estadísticas. Jacques Attali2

“Pertenecer al mismo grupo, en efecto, no significa de entrada más que escucharse juntos” Peter Sloterdijk3

Un lugar, como espacio habitado y cargado de significado, como «espacio de identidad, relacional e histórico»4 está, en gran medida, construido de memoria y una importante parte de esa memoria, ya sea individual o colectiva, es el resultado de la sedimentación en la que participa de forma determinante la auralidad. Cada entorno y cada situación -pero también cada acto y cada instante-, están vinculados inexorablemente a unos sonidos concretos que los caracterizan y los identifican, o los individualizan, frente a las acústicas de otros espacios y contextos.

En estos últimos años hemos asistido a una prometedora expansión epistemológica en el ámbito de las ciencias sociales -respaldada por el carácter transdisciplinar de los estudios culturales- que ha demostrado un creciente interés por sonidos presumiblemente irrelevantes, silenciados durante largo tiempo en beneficio de aquellos otros ordenados que contenían una información evidente y premeditada, léase el habla o la música. Sólo ahora empezamos a comprender que las sociedades no se definen solo por lo que producen, sino que también lo hacen, en ocasiones con mayor determinación, por lo que desechan, por el resultado residual de sus hábitos y de sus actos.

No puedo evitar encontrar un significativo paralelismo entre este desplazamiento del centro a los márgenes con la sensibilidad de una escucha contemporánea, que con distintas metas, se mueve del oído futurista del Arte de los ruidos,Deep-listening, de Pauline Oliveros, descansando en la Escucha reducida de Pierre Schaeffer o en la Panauralidad de John Cage, de igual modo que no puedo dejar de pensar que esta constante ampliación de la «conciencia aural» contemporánea es el fruto de la acumulación; el resultado de la amplitud ensordecedora de una sonoesfera ad infinitum en una «reproductividad técnica» sin precedentes-. de Russolo, al drásticamente modificada por los radicales cambios que la industrialización introdujo en los paisajes sonoros urbanos de la modernidad, así como del incremento de los sucesos sonoros que forman parte de la existencia cotidiana -marcando las pautas de nuestras acciones o multiplicados.

Esta expansión es la que Veit Earlmann reivindica para una antropología que durante mucho tiempo ha permanecido prácticamente sorda, centrada en la oralidad -que en el fondo no deja de ser el paradigma del texto- como una vía capaz «no sólo de producir nuevos y más ricos tipos de datos etnográficos, sino, lo que probablemente es más importante, también de forzarnos a repensar un amplio rango de cuestiones teóricas y metodológicas, para así comprender «cómo la escucha desempeña un papel en el modo en que las personas se relacionan entre sí como sujetos a través de medios físicos, sensitivos y especialmente auditivos»5.

Se abre aquí una nueva perspectiva que nos brinda la inestimable oportunidad de la relectura, del retorno, para hacer balance desde el oído, permitiéndonos, como explican Michael Bull y Les Back, «replantearse el significado, la naturaleza y la relevancia de nuestra experiencia social (…) nuestra relación con la comunidad (…) cómo nos relacionamos con los otros, con nosotros mismos y con los espacios y lugares que habitamos (…) repensar nuestra relación con el poder»6.

Los sonidos funcionan entonces como elementos de cohesión o de diferencia. Las culturas poseen sus propias acústicas a partir de las que se crea una red de significados, una relación en la cual se solapan sonidos «útiles» y «residuales» construyendo una identidad aural, una conciencia de pertenencia a uno o a varios grupos, en un entramado de realidades transversales en las que se funde memoria y presente conformando un paisaje sonoro que se define entre los polos que Murray Schafer denominó lo-fi y hi-fi7.

Pero la antropología es solo un ejemplo más de esta apertura del oído, ya que el interés por la sonosfera, por estos paisajes sonoros, se escapa a la compartimentación, presentándose como ámbito de complejidad y atravesando un amplio espectro de intereses que van desde la geografía a la ecología acústica, pasando por la zooacústica, la psicoacústica, la arquitectura, el urbanismo o la creación artística, entre otros.

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