Arte Sonoro: Un arte de intersecciones

Todo suena y nosotros somos cavidades resonantes. Marius Schneider escribió que los sonidos que podemos extraer de los objetos son como ecos de la voz originaria que todo lo engendró. “En el principio era el sonido, era el ritmo; la sustancia sonora es la materia prima del mundo”, sostenía el singular musicólogo alemán. Nuestra cultura asume ese mito de la creación a partir del verbo hecho sonido, y sin embargo sigue privilegiando lo visual. Pero no perdamos de vista que lo más característico de un grupo humano es su paisaje sonoro; el grupo, como explica Peter Sloterdijk, “puede ser entendido como una sonosfera que atrae a los suyos como hacia el interior de un globo terráqueo psicoacústico.”

El artista Fluxus Dick Higgins –autor, por cierto, de un término tan sustancial para la práctica artística que nos ocupa como es “intermedia”, pues como veremos se refiere a las estrategias de “intersección”- decía que le gustaba la radio porque le permitía imaginar lo visual y recibir unos contenidos literarios mientras se ocupaba de hacer cualquier otra cosa, como conducir, cocinar o caminar. No vamos aquí a hablar de la radio en exclusividad, aunque el arte radiofónico haya venido siendo desde los orígenes de ese medio uno de los agentes más activos de lo que llamamos arte sonoro. Y a fin de cuentas, la radio es una de las fuentes acústicas que han configurado más singularmente nuestro paisaje sonoro, nuestra sonosfera.

Escuchar. Interferir
A menudo me he preguntado si era posible otra manera de escuchar. Y es que algo parecido a lo que hicieron los pintores renacentistas con el descubrimiento de la perspectiva o los impresionistas franceses con la difracción y su influencia en la luz que percibimos de los objetos, ha sido realizado por los músicos y los artistas sonoros. Nos han afilado la percepción acústica y le han dado una orientación estética. Han creado nuevos sonidos a partir de los instrumentos acústicos, pero también con máquinas electrónicas. Ynos han enseñado a escuchar nuestro entorno de otro modo: es el caso de la música concreta en los 40 y 50, que compone con los sonidos de lo cotidiano, o del movimiento de los “soundscapes” (paisajes sonoros), seguidor desde un planteamiento más “figurativo” y descriptivista de esa escuela en los 70 y 80. Pero también me refiero a quienes han transformado con sonidos todo tipo de espacios. Hablo de las instalaciones sonoras, en las que el tiempo ya no es lineal sino que, por recordar a Foucault y sus “heterotopías”, se convierte en “uno de los juegos de distribución posibles de los elementos en dicho espacio”.

El sonido interfiere en nuestra vida. Pero al “interferir” artísticamente con el sonido en un espacio dado me refiero a subvertir las convenciones de los habituales códigos de desciframiento de las fuentes sonoras: se trata de generar -parafraseando a Duchamp- “otros pensamientos para esos objetos”. Y también para esos espacios. Aunque si se prefiere, en vez de hablar de arte sonoro podríamos hacerlo de esas impresiones no necesariamente básicas para nuestra vida de las que nos provee el sentido del oído, llamémoslas o no por el momento “artísticas”. Por ejemplo: el peculiar sonido de un grifo que alguien tiene en su casa, o el tenso silencio que se crea cuando subimos en un ascensor con alguien desconocido. En el primer caso, encontramos el tema de una serie de esculturas interactivas –Grifos sonoros- desarrolladas en los años 70 por el español Lugán, pionero del arte electrónico; en el segundo, recordamos las recientes intervenciones sonoras en ascensores del británico Martin Creed –Piece for harmonica and elevator.

Otros artistas han intervenido únicamente con sonido espacios tan ajenos al discurso artistico como los lavabos de un restaurante, caso del austriaco Bernhard Gál. O han enviado sonidos de un lugar a otro, en un juego de deslocalización, como hizo el americano Bill Fontana en 1987 en su Puente sonoro Colonia-San Francisco, que surgió como obra radiofónica y a la vez como instalación sonora. Son ejemplos representativos de unas prácticas singulares, aunque en absoluto excepcionales.

Intersecciones
Más allá de una formulación tan historicista como superada que delimitaría el empleo del tèrmino “arte sonoro” al realizado por artistas visuales en particular, o “no músicos” en general, diremos que hay diferentes maneras de organizar el sonido en el tiempo y en el espacio. Y algunas de ellas son musicales y otras no. O lo que es lo mismo: que la música suele tener unos criterios e intenciones diferentes de los exhibidos en la poesía sonora, la instalación o el arte radiofónico a la hora de organizar el material sonoro. Y yéndonos a las instalaciones o las performances, habríamos de tener en cuenta criterios escénicos, plásticos, espaciales. En el caso del arte radiofónico añadiríamos la música a la narrativa y al teatro como posibles disciplinas artísticas de referencia. Es, pues, el arte sonoro un arte claramente híbrido, nacido en la intersección, y no puede extrañar por tanto que los autores que lo han/hemos venido realizando hayan/hayamos pertenecido al mundo literario, al tecnológico, al musical, al arte visual, al teatral o a campos situados “entre sillas” como la poesía experimental, el arte de acción o las prácticas intermedia. Unas prácticas que, como ocurre con harta frecuencia con el arte que nos ocupa, “asumen la confusión y disolución de las formas convencionales de arte que había comenzado a principios del siglo XX”, como escribió la teórica Elizabeth Armstrong.

El arte sonoro no se concibe, en términos generales, sin la tecnología. Surgido de la estetificación de los ruidos industriales y urbanos, así como de un nuevo medio como la radio –hablamos de la tarea llevada a cabo por los Futuristas en los primeros decenios del siglo pasado- y de los residuos del lenguaje –poesía Dada-, es en la segunda mitad del siglo cuando adquiere esa denominación y encuentra su impulso y desarrollo en los nuevos medios y soportes electrónicos. Es un arte surgido en la “cultura del altavoz”, que irá ramificándose y ganando protagonismo creciente en el actual siglo XXI.

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